Foto de muchedumbre aglomerada

Según cuentan los abuelos, antiguamente, como se dice, la palabra dada en ofrecimiento de algo era suficiente prueba de su cumplimiento y que culminaba con un apretón de manos. Cuando un individuo se comprometía en cumplir un compromiso, con solo decirlo usando su voz y el entendimiento de la otra parte, era como si se firmara un contrato de exclusividad que se tenía que cumplir.

Como quiera que la legalidad y la protección de las personas frente a transacciones comerciales o de otra índole, les exige que exista algún tipo de registro que pruebe lo que se ofrece y mantengan obligadas a ambas partes a su cumplimiento, eso no sería del todo necesario si estos individuos conocen el verdadero valor de la palabra empeñada, una buena costumbre aplicada en los tiempos de nuestros abuelos que hacía gala de la sociedad sana que tenían.

Un valor en el que los principios éticos, la honorabilidad y reputación de las personas juegan un rol fundamental para que ejerzan la función de garantía implícita frente a las firmas de documentos escritos o incluso grabaciones de voz de la actualidad, tal como estilan las empresas de telefonía en el país.

Sin embargo, encontrar personas que entiendan y apliquen cabalmente lo que implica el valor de la palabra empeñada, es como buscar una aguja en un pajar en una sociedad expuesta a la crisis económica que afronta el planeta. En el que nadie quiere ser timado o estafado y solo intentan protegerse frente a contingencias adversas, algo muy razonable por cierto; pero que no siempre se da cuando se juntan dos personas de las que ya casi se están extinguiendo del planeta. Aquellas que comprenden que la responsabilidad, seguridad, lealtad, garantía, seriedad, cumplimiento, credibilidad, certeza y honorabilidad son sinónimos de tener PALABRA.

La Familia, el núcleo de la sociedad.

La buena conducta y el buen proceder con las personas vienen de la formación en casa; de los buenos valores que les fueron inculcados y que, de adultos, juegan un rol importante para su comportamiento frente a la sociedad.

Es como un albur del destino que se encuentren en la vida dos individuos que sepan sin medirlo o analizarlo, el valor de la palabra. Son seres que se perciben con sus conductas y comportamientos, incluso con los gestos, ademanes, miradas… Es como si ambos se analizaran sin analizarse de la manera estricta, se saben que son honestos al cien por ciento.

El valor de la palabra tiene que ver mucho con la integridad de la persona desde el punto de vista ético, es decir, de hacer lo que decimos. Es una cualidad importantísima para cumplir compromisos con nosotros mismos, es el respetar nuestros principios como personas honestas y no cambiar a nuestra conveniencia la palabra dicha. Es decir, mentir.

Tener estos buenos valores, manejarlos coherentemente y compartirlos con la comunidad es algo que hará grande a la sociedad, haciéndola cada vez más sana. La mentira empobrece el alma, la lleva a la calamidad y a sus miserias más repudiables.

Recordemos que la palabra es la que nos define y nos conecta con el mundo y, finalmente, es la que nos permite estrechar lazos a largo plazo entre una o más personas.

Todos hagamos una sociedad sana y seamos consecuentes con lo que decimos.